jueves, 29 de enero de 2009

La Odisea Stan





Dia 2: Capas, paraguas, jeans, playera y botas era el atuendo usual para el segundo día que la tormenta Stan había tocado tierras guatemaltecas en aquel octubre de 2005. Esa mañana regresamos al Puerto de San José. El presidente Óscar Berger se había reunido con efectivos del Ejército en la Base Naval del Pacífico, gente de la Conred y otros funcionarios, y fue cuando hizo su considerado comentario de que pronto estaría el día soleado.
El agua seguía sin dar tregua. El presidente hizo una inspección del área urbana del Puerto. Por orgullo, o buen político, se bajó de su vehículo blindado en una de las calles y caminó entre el agua, que le cubrió hasta las rodillas. Llevaba botas vaqueras, las que le resultaron pesadas al llenárseles de agua. Pensé en las infecciones que podía causarse por eso, pero también lo resolví mentalmente en que un viaje a Miami, Estados Unidos, era suficiente para que un especialista se los sanara.
Los vehículos en los que se transportaban varios periodistas, incluido en el que viajábamos, así como el del presidente y sus escoltas, obligaba al agua a entrar con gran fuerza a las humildes viviendas ya inundadas en la entrada al Puerto. El presidente ordenó que la Conred hiciera su mejor esfuerzo para evacuar a toda la población si era necesario. Creo que fue entonces cuando vio la caótica situación.
Lo seguimos hasta unas lujosas viviendas en el Puerto, donde dos tractores trabajaron dos horas y media para hacer una brecha que permitiera drenar el agua que mantenía inundadas aquellas residencias hacia al mar. El día estaba nublado y la lluvia seguía persistente.
Como a las 3 de la tarde buscamos un lugar para transmitir la información al diario. Los comedores estaban abiertos. Los pobladores trataban de seguir su vida normal, pero no había turistas. La gente estaba parada en la puerta o cerca de una viga de bambú o palmera viendo con desconsuelo que no había ningún comensal. Las que hacen tortillas pusieron sus comales y se dedicaron a trabajar. Uno que otro vecino llegaba a comprarles.
Una hora y media después nos avisaron que el presidente visitaría otras áreas donde había más damnificados. No recuerdo porqué el piloto que nos transportaba no estaba con nosotros, así que nos subimos a la palangana del picop de Nuestro Diario rápidamente. A toda velocidad salimos del pueblo, mientras los neumáticos del vehículo levantaba grandes olas a su paso.
Al salir del Puerto, el Presidente cambió de ruta. Tomaron toda la autopista de regreso a la capital. Sin embargo, como en ese momento no lo sabíamos, seguimos la caravana que lo escoltaba y en la palangana del picop nos caía agua por todas partes. Por la velocidad del vehículo, no nos quedaba más que refugiarnos con nuestras capas y esperar a que se detuviera en algún lugar. Finalmente el piloto de Nuestro Diario se detuvo pasado el peaje de la autopista de Palín-Escuintla, y dejamos que el mandatario continuara su camino. Entonces disfrutamos de un café. Tenía las manos que apenas las podía cerrar, la capa estaba mojada por todos lados. Sentía un frío infernal y aún percibo el sabor del café capuchino que me tomé esa tarde. Minutos después emprendimos el viaje a la redacción, donde le hice unas revisiones a mi nota que había enviado y me retiré. Pero sabía que el agua no nos daría tregua.

xxx.
El Stan siguió golpeando. A la mañana siguiente nos enviaron a una comunidad ubicada en el kilómetro 130, adelante de Los Encuentros, Sololá, donde había personas soterradas. Aquí continuó la Odisea.
Llegamos a Chimaltenango, donde compramos algunas provisiones para el camino, y emprendimos el viaje en una camioneta agrícola. En el kilómetro 89 encontramos el paso cerrado por un derrumbe. Había un sitio donde los vehículos bordeaban las toneladas de lodo sobre la carretera asfaltada, pero un repentino aguacero cerró el improvisado paso en cuestión de segundos.
Dos tractores del Ministerio de Comunicaciones trabajaban a marchas forzadas para habilitarlo, por lo que le dijimos al piloto que esperara y nos alcanzara en cuanto estuviera abierto.
Mientras tanto, con Adolfo Mejía empezamos a caminar. Pasamos sobre un enorme lodazal donde las botas se quedaban prendidas. Aún así, con el riesgo de que nos cayera encima una correntada de lodo, avanzamos hasta encontrar el otro lado de la carretera despejada. En un restaurante estaba el picop de Nuestro Diario. Hablamos con Mario Morales, William Meoño y Edward Morales, quienes se dirigían hacia el lugar de la tragedia. Nos dijeron que un kilómetro más adelante había otro derrumbe y que no habían podido pasar. Les contamos que la Dirección de Caminos estaba trabajando para habilitar el paso, así que lo mejor era que su picop nos llevara hasta donde se pudiera. Si había otro derrumbe, lo pasábamos caminando esperando que la suerte nos acompañara para ver si alguien nos llevaba al poblado más próximo.
― Tenemos obligación de llegar, así que haremos lo posible por hacerlo ― les dije.
Así lo hicimos. Justamente a un kilómetro nos encontramos con otro derrumbe. Lo pasamos, pero al otro lado no encontramos a nadie que nos llevara. Seguimos la caminata en medio de una pertinaz lluvia, y sobre ríos de agua sucia que corrían sobre la carretera. A cada instante se desprendía tierra, por lo que caminamos en la orilla por si había necesidad de buscar refugio.
Caminamos cerca de cinco kilómetros hasta que encontramos otro derrumbe. Una máquina retiraba toneladas de lodo. Atravesamos el montículo y caminamos otros dos kilómetros hasta que un campesino que manejaba un su picop nos hizo el favor de llevarnos hasta la compañía de los bomberos Voluntarios en Chupol.
Los socorristas dijeron que ellos llevaban lazos, palas y azadones para apoyar en la labor de rescate en la comunidad, así que no tuvieron inconveniente en llevarnos. En el kilómetro 98 encontramos otro derrumbe, que, incluso, había arrastrado un autobús extraurbano que llevaba pasajeros y hasta se había metido en una casa. Por fortuna hubo heridos pero nadie murió.
Cuando estuvo habilitado el paso, abordamos la ambulancia que nos llevó a la comunidad en el kilómetro 130. En el lugar cuadrillas de campesinos, vecinos y bomberos de otros lugares ayudaban en el rescate de los cadáveres. Era una escena terrible, mujeres que sollozaban y varios hombres con sus azadones, palas y piochas removían los escombros para rescatar los cuerpos. Un grupo de mujeres se dedicaron a calentar café en sus ollas de barro, hacer comida y en algunos casos ayudar para desenterrar.
En vasos plásticos nos dieron café y nos ofrecieron chuchitos. Estaban buenísimos, no sé si era porque no habíamos comido en todo el camino y el hambre todo lo puede, pero me los devoré sin decir más. No pude expresar mi gratitud ni hacer el comentario de lo exquisito que estaban, porque los de la comunidad estaban conmovidos. No estaban para formalidades.
A las cinco de la tarde salimos a buscar un sitio para transmitir la información. Pero nos dijeron que no había electricidad ni allí ni en toda la cabecera departamental de Sololá. Para entonces los pilotos ya estaban en Los Encuentros, por lo que optamos por regresar a la capital para no quedar atrapados si seguían los desprendimientos de tierra en los cerros. Como el agua no cedía, a cada momento la carretera quedaba bloqueada. Parecía el fin del mundo.
No recuerdo en qué kilómetro nos detuvimos por 20 minutos hasta que una máquina habilitó el paso. Un kilómetro más adelante otro alud cerró el paso. No había terminado el tractor de retirar la tierra, cuando se produjo otro deslave. Al no poder pasar, regresamos a Los Encuentros para ver si podíamos avanzar a Quetzaltenango. Nos topamos con más derrumbes. Dejamos a los pilotos otra vez, y caminamos dos kilómetros para llegar a un lugar donde estaban abriendo el camino. Un picop nos cobró Q5.00 a cada uno para llevarnos hacia el poblado más cercano, y nos dijeron que debíamos buscar quien nos llevara hacia Quetzaltenango. Sin embargo, nuestro deseo se vio frustrado con otro derrumbe. Nos bajamos para caminar y creo que anduvimos un kilómetro hasta que el dueño de otro picop accedió a llevarnos. Otro bloqueo nos hizo detenernos. En lo que estaba sentado en la palangana, meditando un poco de cómo hacer para transmitir, se oyó un gran estruendo. Nos dijeron que el cerro se nos venía encima. Sólo recuerdo que me agarré la capa como si me dispusiera a volar y de un salto ya estaba en el asalfato, dispuesto a correr hacia donde se pudiera. Sentí como el pulso se me aceleró, el corazón me empezó latir. Sentí miedo. El instinto de conservación me decía que huyera. Pero recobré la calma, pues recorde un programa de televisión que recomendaban no entrar en pánico, pues afecta la presión sanguínea.
En eso me llamó la editora, Oneida Najarro, a quien le describí lo que estaba pasando, donde estábamos y que intentábamos pasar a Quetzaltenango para enviar las fotos. Ese era nuestro optimismo, pero la naturaleza era la que tenía la última palabra. Minutos después, a través de los automovilistas que esperaban con ansias seguir hacia sus destinos, nos enteramos que un puente estaba inhabilitado totalmente, así que el paso al departamento era imposible. Cada rostro mostraba preocupación, miedo. Pero todos estábamos atrapados.
Empezó a oscurecer. Tenía todo el cuerpo mojado, porque con cada subida y bajada de los picops, el agua había llegado hasta mis más íntimas entrañas. Cuando ya estaba oscuro, Mejía dijo que mejor regresáramos a pie. Caminamos unos 200 metros entre la oscuridad, hasta que caímos en la cuenta de lo peligroso que era, pues si había otro derrumbe ni íbamos a saber hacia donde correr para protegernos. En eso un camión retrocedió y le pedimos que nos llevara a Los Encuentros. Para entonces eran las 19:30 horas.
Al retornar, los neumáticos tiraban agua y rocas pero no hubo más obstáculos y en media hora estuvimos donde habíamos empezado. La lluvia seguía de compañía. El hambre empezó a traicionarnos por tanto caminar. En las humildes casetas que hay donde estábamos, vimos que estaba abierto un comedor con velitas en las mesas para alumbrarse.
Una mujer con su delantal y una pañoleta en la cabeza, nos salió al encuentro y preguntó que deseábamos comer.
― Sírvanos lo que tenga ― le dijimos. El hambre ahorita no quiere gustos.
Con mucha cortesía nos dijo que sólo tenía pollo asado y frijoles. Todos coincidimos en que estaba bien.
Mientras comía, con toda la ropa mojada y un frío que me llegaba hasta los huesos, pensaba la manera de cómo transmitir el material. Con mis compañeros nos sentíamos impotentes al ver que no podíamos hacer nada. No podíamos regresar a la capital, Sololá seguía sin electricidad y no podíamos pasar a Quetzaltenango. Practicamente estábamos en un callejón sin salida.
Al ver la hora, supimos que eran las 23:00 horas. Logramos, a través de un teléfono de señal Movistar de Edward Morales, al cual ya se le agotaba la batería, avisar de los últimos acontecimientos. Hablé con el editor de cierre, Rodolfo López, y le expliqué la situación en la que estábamos. Después decidimos buscar hotel, pero no encontramos así que fuimos a la casa del corresponsal de Prensa Libre, Édgar René Saenz, a quien le tocamos varias veces la puerta para despertarlo. Después de 20 minutos, entre el silencio del barrio porque los vecinos ya dormían, nos abrió desconcertado.
― Venimos literalmente a pedirte posada ―, le dije.
De inmediato nos dejó pasar, nos ubicó en unos dormitorios de sus hijas y nos proporcionó unos ponchos. Estábamos totalmente mojados, así que me quité el empapado pantalón de lona, en una mochila que llevaba saqué una playera y ropa interior para dejar la ropa mojada. Como éramos varios, logré aferrarme a un poncho. En el piso pusimos unas sábanas gruesas, y me tapé con el poncho. Aún vibraba por el frío, pero poco a poco el calor de la frazada empezó a calentarme el cuerpo. Fue así como después de varias bromas, fuimos cayendo dormidos. Que día… (continuará).

domingo, 25 de enero de 2009

Las amarguras de la Tormenta Stan


El Stan

Día 1: “El tiempo cada vez mejora, por lo que pronto tendremos nuestros acostumbrados días soleados”, dijo el presidente de la República, Oscar Berger, en conferencia de prensa en la base Naval del Pacífico aquella mañana del 5 de octubre de 2005. Fingía que la tormenta Stan se disipaba, y sugería que la población tendría un invierno normal.
Para los reporteros que escuchamos aquellas palabras, y que además cubríamos la emergencia, nos sonó divertido, pues en el casco urbano del Puerto de San José, en Escuintla, empezaban a notarse los estragos de la tormenta, y no era necesario hacer mucho, sólo caminar por las calles inundadas para ver que se iniciaba una tragedia.
Desde el domingo dos de octubre habíamos sentido la fuerza de la naturaleza. Estaba frente al televisor entretenido con un programa musical, cuando sonó mi teléfono celular. Vi. que era el número del diario. Eran como las 9:00 de la noche.
Se me ocurrió fingir que me habían despertado.
― Estoy durmiendo ―, dije.
Al otro lado del teléfono contestó Miriam Larra, la editora de turno, quien se reía.
― Disculpa, pero hay que salir—. Explicó que había que dirigirse al puerto, pues las lluvias habían aislado varias aldeas, aunque no pudo precisar cuantas ni cuales.
Es así como empezó un viaje que duró una semana. Al concluir, descubrí que fue toda una odisea. La aventura terminó en Panabaj, en Sololá; y conforme pasaron los días caí en la cuenta de lo arriesgado que fue.
Panabaj fue declarado camposanto, luego que apenas lograran sacar 77 cadáveres y las autoridades declararan el lugar inhabitable, con más de tres mil personas desaparecidas.

XXX

La noche que emprendimos el viaje al Puerto la lluvia no daba tregua. Cuando llegamos al área urbana eran aproximadamente la 00:30 de la madrugada. Lo que hicimos fue acercarnos a la compañía de bomberos Voluntarios, y el socorrista que nos atendió nos indicó que el lugar más afectado estaba al lado de la vieja carretera al Puerto.
Con Adolfo Mejía, con quien cubríamos la nota roja en esa fecha, analizamos que la lluvia estaba fuerte y llegar en oscuras era un peligro, pues decían que el río estaba desbordado, por lo que decidimos salir en cuanto amaneciera. Le dijimos al piloto que buscara un lugar para estacionarnos, para dormir un poco mientras llegaba la claridad.
En eso vimos un picop con la insignia de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred), y en su interior dormían dos empleados de la entidad. Le dimos unos golpes al vidrio lateral del copiloto, y uno de los que allí descansaban lo bajó. Le dijimos que éramos periodistas y que nos interesaba llegar al sitio donde estaba la inundación.
― Nos respondió que ellos tenían la ubicación, pero a ellos se les había descompuesto el picop, y esperaban que les llegara apoyo ―.
Volvimos al carro, y decidimos con Mejía que lo ideal era buscar un hotel para tener un buen descanso y al amanecer salir de inmediato a ver el lugar.
En una pequeña cama del hotel en que nos hospedamos, escuchaba llover sin pausa. Lo que me venía a la mente era qué sucedería si se elevaba una enorme ola y nos sacudía con todo y la estructura del hotel. Aún así, logré que mi mente se disipara y logré conciliar el sueño.
Al tener claridad, hablamos por celular con los compañeros de Nuestro Diario, Armando Solórzano y Deccio Serrano. Nos reunimos en el parque del Puerto y desde allí nos dirigimos hacia las aldeas en la vieja carretera.
No logramos pasar más allá del kilómetro 181, porque había una enorme laguneta. Unas cuantas personas se animaron a atravesarla caminando o en bicicleta por la orilla. Parecía un diluvio, el agua no cesaba.
Vimos que se acercaba a la laguneta a un señor que llevaba en hombros un tambo plástico de cinco galones. Hacía cualquier intento por no caerse. Cuando se acercó a nosotros le peguntamos que llevaba, y nos respondió que leche y necesitaba aventurarse para ir a venderla.
― Necesito dinero para darle de comer a mi familia ―, dijo.
Después se asomó una mujer en bicicleta, y contestó que se dirigía al área urbana del puerto, pues trabajaba en el IGSS.
Después de ver todo esto, regresamos al área urbana. Para entonces las calles estaban convertidas en piscinas. Regresamos a la calle donde está la compañía de bomberos, y nos sorprendió ver que ellos mismos estaban evacuando sus unidades. Aunque en el segundo nivel dormían varias personas a quienes les habían dado albergue. El barrio frente al inmueble de los socorristas corría un enorme río que había inundado todas las casas y el caos se apoderaba poco a poco del viejo Puerto.
La gente empezó a sacar sus cosas, a salvar sus electrodomésticos y ver hacía qué lugar podían refugiarse. Las Bocabarras estaban tapadas y el mar estaba agitado, así que no había ninguna posibilidad de sacar las toneladas de agua. Era preocupante ver que no había ningún sitio a donde escapar. (seguirá).

lunes, 29 de diciembre de 2008

Feliz año 2009


Se aproxima el fin de año, y me ha resultado difícil escribir más de mis momentos emocionantes, y a veces amargos, que he vivido en la nota roja escribiendo para Prensa Libre. Pero a quienes les gusta mi blog, quiero desearles un buen inicio de año 2,009. Tengo en el tintero- me salió bonito, verdad?- otra de mis historias, pero creo que para cuando la tenga lista estaremos en el 2,009. Así que decidí mejor escribir algo para no perderme de vista y despedir este año que me dejó momentos muy bonitos. Adiós 2,008.
En este mes no tengo en mente que haya tenido que pasar alguna aventura. Lo que si recuerdo que el seis de enero del 2,000 fueron trasladados hacia su país 172 chinos indocumentados, en un boeing que voló desde Malaysia a Guatemala. Desde las 10:00 de la mañana de ese día, empleados de Aeronáutica Civil nos dijeron que tenían ordenes de no dejar entrar a nadie.
Momentos después ingresaron buses de la Policía Nacional Civil con los asiáticos, y agentes de las Fuerzas Especiales Policiales se colocaron en la entrada para vedar el paso a los reporteros que cubríamos la noticia. Deseosos de acercarnos para obtener fotografías e información del traslado, tuvimos que enfrentarnos con el grupo de agentes, quienes intentaron usar sus batones y quisieron botar a los fotógrafos para impedir que se hicieran las tomas. En algunos casos tuvieron que reprimirse, pues sabían que atacarían, sin razón, a los reporteros. Pero sacamos coraje para forcejear con ellos. Hubo empellones y empujones, pero rompimos el cerco policíaco y nos acercamos. Fue así como Antonio Jiménez, el fotógrafo que me acompañaba en la nota roja, hizo la fotografía de un chino que logró sacar las manos por la ventanilla del avión y nos mostró que estaba engrilletado. Después obligaron al extranjero a meter el cuerpo, cerraron la ventanilla y el avión empezó a movilizarse hacia la pista. Esa era la parte que las autoridades querían ocultar.
Los agentes de las FEP quisieron habernos golpeado y accionados su vocachas con gas lacrimógeno, el oficial al mando no se atrevió.
Saludos. Feliz Año.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Gracias







No es egocentrismo. En esta ocasión decidí escribir sobre este galardón para agradecer a Dios y a todas aquellas personas que me han felicitado por obtenerlo. Pero también no puedo dejar de lado en dar las gracias a mis colegas, amigos y compañeros con los que he compartido experiencias difíciles, amargas, a veces llenas de adrenalina, y que, cuando se es agradecido, no pueden dejarse de lado.
El galardón a la Trayectoria que me hizo Prensa Libre me llena de orgullo y es un verdadero honor. Por eso no puedo dejar de dedicárselo a mis hijos. También, aunque esté en algún lugar con Dios, a mi papá, quien siempre soñó con estar vivo para compartir un premio como este. A mi mamá y mis hermanos. También va para mis recordados amigos, que murieron en el cumplimiento de su deber, como lo son Roberto Martínez Castañeda, alias el Macho, muerto el 27 de abril de 2002 durante los violentos disturbios por el alza al pasaje urbano, y que me acompañó durante dos años y medio como fotógrafo en la nota roja. Como olvidar a Héctor Ramírez, alias el X, a quien recuerdo con mucho cariño, pues parece que fue ayer cuando a las 6:50 de la mañana nos hablábamos para analizar como se visualizaba la mañana y si había alguna información vertida por los socorristas o la Policía. La mañana que perdió la vida en al llamado Jueves Negro, el 24 de julio de 2003, me dijo lo que todo reportero de nota roja dice: “Hoy parece que se va a poner bueno, vamos a tener acción”. Sin saber que ese día se convertiría en víctima de un grupo de delincuentes.
Mencionar nombres es discriminar a los que viven y sienten el periodismo con pasión. Quizá algunos no aparezcan en estas fotografías, pero saben que los momentos vividos nadie nos los quita. Saludos a todos.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Mi primera vez


Algunas cosas ya no me sorprenden, a no ser la muerte violenta de niños, pues no me agrada que los pequeños inocentes sufran por cosas que hacemos los adultos.
He visto muchos cadáveres. Es más, hasta aquí ya perdí la cuenta de cuantos están archivados en alguna de mis millones de celdas cerebrales; pero como dicen los psicólogos, nada de lo que hemos vivido ― sea bueno o malo ― se borra de la mente. Es, simplemente, la manera como lo tratemos, lo veamos o los consideremos, para que nos afecte o no.
Y puedo decir que es así. Aún recuerdo mi primera vez en la nota roja, pues me afectó tanto que está bien presente. No recuerdo el nombre de las víctimas, ni el día, sólo sé que fue en 1,998 a eso de las 14:00 horas, pues no se me olvida que tenía hambre y que junto con el piloto y el fotógrafo¬¬ ―Roberto Martínez (QEPD) ― nos enviaron a la carretera entre Villa Canales y San Miguel Petapa.
Cuando llegamos vi un automóvil de cuatro puertas sobre el camino asfaltado. Dos autopatrullas de la desaparecida Policía Nacional estaban adelante, y una ambulancia de los bomberos Voluntarios se encontraba parqueada atrás del vehículo.
Descendimos del jeep en el que viajábamos, y nos acercamos a la escena del crimen. El cadáver de un hombre estaba tirado en el asfalto, atrás del vehículo particular, y una enorme poza de sangre se había formado alrededor de la cabeza. No solo fue repugnante, me fastidió el día. Por cierto, siempre me he preguntado por qué sale tanta sangre de esa parte del cuerpo. Alguien me dijo una vez que es porque allí se concentra la mayor cantidad del torrente sanguíneo, y después se distribuye al corazón y se riega por todo el cuerpo. Aunque no soy médico, como periodista me parece que son litros de sangre los que guarda el cerebro. Cuando se desparrama, crispa los nervios.
Mientras procuraba disimular que me desagradaba aquel escenario, miré que la portezuela izquierda del vehículo estaba abierta. En segundos descubrí la razón; las piernas de un hombre, también muerto a balazos, estaban afuera, como que intentó salir para escapar de sus atacantes.
Una vez más, miré hacia otro sitio. Dije para mis adentros que no necesitaba ver los cadáveres, bastaba con que algún bombero o Policía me diera la información sobre el móvil del crimen, los nombres de las víctimas ― si es que llevaban identificación ― y recoger algunos detalles de testigos. Es más, si había testigos mejor, pues de esa manera podía acercarme a la verdad de lo sucedido y no era necesario ver los cadáveres.
Roberto—Mi buen amigo, viejo lobo de mar ― me dijo que me acercara a un subcomisario que se encontraba en el sitio.
Observé que en el hombro izquierdo de la camisa celeste llevaba un rombo dorado. En ese momento apuntaba en su agenda la información que un subalterno le proporcionaba con detalle. Cuando la cerró y se la acomodó bajo el brazo derecho, me acerqué para hablarle. Me identifiqué, y le pregunté si tenía los nombres de los fallecidos y si estaba enterado de qué había sucedido en aquel lugar.
No se me olvida. Como si hubiera sido un castigo o quizá me vio la cara de espanto, que pareció que se propuso fastidiarme. Me dijo: ― Claro que si, venga ―.
Me guió hacia el cadáver tirado detrás del automóvil.
― Mire ― dijo. A este le hicieron los disparos en la cabeza, vea que en la frente tiene un balazo y tiene otro en el parietal izquierdo. Este se llama… y me dijo el nombre y la edad.
Le hice creer que observaba lo que me decía, pero en realidad tenía fija la vista en mi libreta. El subcomisario, Henry López, llegó a ser director adjunto de la Policía Nacional Civil. El 23 de septiembre de 2008 fue destituido.
Volvamos al caso. Creí que allí terminaría todo en aquella escena de doble crimen, pero no. López hizo que nos acercáramos al cadáver sobre el asiento trasero del automotor. Mi comportamiento fue el mismo.
― Vea que este tiene disparos en la cara y el pecho. También lleva en la cintura un porta pistola, posiblemente se la quitaron y no pudo defenderse o con ella misma le dieron muerte ― explicó.
Al salir de allí estaba molesto, preocupado. Además el hambre me hacía más fastidioso el momento. Decidí que al llegar a la redacción le pediría al editor que no me enviaran jamás a cubrir este tipo de noticias. Pero es en estos momentos cuando se descubre si hay convicción, si se tiene oficio y deseo de ser periodista. Lo peor para fue que a partir de ese momento me convirtieron en apoyo del compañero a cargo de la nota roja, Samuel Flores. En ese tiempo había tantos hechos criminales ― bueno hoy en día siguen igual o peor ―, y nos tocaba cubrir casos de secuestros y eventos sangrientos provocados por el crimen organizado.
Así que el exigir o pedir que no me enviaran quedó como un intento, nada más. Durante varios días no asimilé la idea de ser reportero de sucesos. Una noche me dijo el editor que continuaría asignado a la nota roja, y me pidió que le pusiera empeño.
Me fui a mi casa mortificado, me rehusaba a convertirme en ser reportero de sucesos. Esa noche, mientras escuchaba los ruidos del vecindario, analicé la situación. Y llegué a la conclusión de que tenía dos opciones. Una, pedirle al director que me cambiara de fuente, pero habría sido decepcionante para mi hacerlo. La otra era aceptar la situación. Entonces me pregunté cómo hacerlo, y la respuesta la obtuve yo mismo. Fue sencilla. Entendí que no tenía elección, así que debía acostumbrarme a ver cadáveres y tomarlo desde el punto de vista que todos tenemos que morir alguna vez, eso me evitó un conflicto interno.
Pues bien, llevo diez años de cubrir sucesos. Estoy más que acostumbrado, aunque tampoco es que me agrade ver cadáveres. Me ha tocado cubrir muchos hechos violentos, pero reconozco que la nota roja tiene su cuota de adrenalina y aventura. En muchos casos, esta fuente periodística tiene historias para contar.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Para crisparse los nervios


Los agentes de las Fuerza Especial Policial (FEP), de la Policía Nacional Civil, descendían a toda prisa del picop que los transportó al primer callejón de la colonia Valle del Sol, en la zona 4 de Mixco, cuando los proyectiles del potente fusil AK-47 perforaron la unidad. Cerrojearon sus armas y abrieron fuego hacia la casa de donde provenían los disparos.
La balacera duró más de dos horas, en la cual resultó herido el periodista Héctor Ramírez, alias el X. Una bala de calibre 9 milímetros le perforó el pecho, pero el lapicero que llevaba en el bolsillo de su camisa desvió la ojiva, que pasó milimétricamente a un lado del corazón, y se le alojó en el músculo.
Esto fue el 25 de noviembre de 1997. La banda fue bautizada con el nombre de Valle del Sol. Una parte de la gavilla fue capturada ese día; y liberaron a un joven que permanecía secuestrado. La Policía dijo que era brazo fuerte del crimen organizado, que se dedicaba a secuestrar, asaltar bancos, camiones blindados y robaba vehículos particulares. Con ayuda del personal de aduanas y empleados del Ministerio de Finanzas, sacaban los automóviles particulares a El Salvador y Honduras con papelería legal.
Sus nombres y apodos se convirtieron en noticia por ser sanguinarios. Su frialdad para halar del gatillo dejó más de 20 muertos, entre ellos agentes de seguridad y cuatro efectivos del Servicio de Investigación Criminal (SIC). Llegaron a cometer 200 asaltos a bancos, antes de que ultimaran a Julio René Iboy, cabecilla de la banda, y a su hermano en la 14 avenida y 9a. calle de la colonia Quinta Samayoa, zona 7, el 14 de agosto de 2001.
Aquel mes de noviembre, era la primera vez que como periodista cubría una balacera. No niego que me llenaba de satisfacción saber que tendría la oportunidad de escribir la crónica para un periódico, aparte de la adrenalina de estar en medio de las balas.
En el tiroteo Iboy, junto con Federico Cajas Salinas, alias Lico, asesinado un año después en El Salvador cuando atracaba una agencia bancaria, lograron escapar. Para evadir el cerco policíaco, accionaron una granada de fragmentación, que hizo que muchos creyéramos que era el fin, o como si viviéramos en carne propia una película de acción, con la diferencia que podíamos morir.

***

Esa tarde me encontraba con Roberto Martínez, con quien buscábamos la dirección de un allanamiento, a bordo de un jeep samurai. Roberto fue ultimado el 27 de abril del 2,000 durante las protestas por el alza al pasaje. Recuerdo bien a mi amigo, porque perderlo nos dolió a todos los que estábamos aquella fatídica tarde.
En la balacera que les cuento, el operador de planta del diario preguntó por radio nuestra ubicación, y le contesté que estábamos en la colonia Santa Marta, zona 5 de Mixco.
― Dirigite a la colonia Valle del Sol, está en la zona 4 de Mixco, cerca del Tecolote de Montserrat― explicó.
Aceleré con dirección al referido lugar. Aparecí sobre la calle de la emergencia del IGSS, llamado 7-19, y mi primera crispada de nervios fue ver que a un agente de la Policía Nacional Civil se le escapó un disparo de la subametralladora Uzi al intentar abrir la portezuela de la auto patrulla, y el agujero que hizo la bala de calibre 9 milímetros en el metal se veía perfecto.
Seguida de esta escena, el ruido de balas en el callejón. Las potentes descargas eran inconfundibles, eran fusiles, una batalla en plena ciudad.
― Parqueate ― dijo Roberto. Tomó su maletín, preparó su Canon, ajustó el lente y caminó hacia donde provenían los disparos. Varios agentes uniformados, con sus armas en la mano, impedían que circularan vehículos frente a la colonia. Maniobré hacia donde pude estacionar el jeep.
Al descender, caminé hacia donde un grupo de agentes con sus armas en la mano estaban tirados en un área verde de un centro comercial frente a la colonia.
― No se acerquen― gritó un Policía. Las balas rebotan a este lado. Tírense al suelo. ¡Cuidado…!.
Recién terminaba de decir esto, una bala se incrustó en el cemento de la banqueta. Minutos después, el X se tocó el pecho. Estaba a dos metros míos, y me dijo: ― Estoy herido―.
Con su mano derecha se oprimía el pecho, y corrió hacia una ambulancia, que lo llevó al IGSS. Su camarógrafo se quedó a cubrir el desenlace de la balacera.
Roberto sólo lo vio cuando abordó la ambulancia, y se encuclilló para avanzar hacia donde ocurría el intercambio de disparos. Deseaba hacer una buena fotografía. Lo seguí, pero otro Policía que se protegía en una patrulla nos advirtió que era un atentado, que buscáramos la otra entrada.
Le obedecimos. Salimos de aquella parte y caminamos para la otra entrada del callejón. Reporteros de otros medios estaban pegados a la pared, para evitar ser alcanzados por una bala. El ruido apenas nos permitía comentar lo que sucedía, porque después de cada intercambio de disparos, una agente decía a través de un megáfono:
― Ríndanse, están rodeados. Salgan con las manos en alto―.
La respuesta fue una sórdida descarga, y por consiguiente, los agentes continuaron con los disparos y lanzaron gas lacrimógeno.
La FEP, grupo entrenado para ingresar a inmuebles donde se corre riesgo de un enfrentamiento, se acercó finalmente a la vivienda a las 16:30 horas. Forzaron la puerta y entraron disparando.
Cuando supimos esto entramos al callejón. Vi. salir a un muchacho con un gorro de lana y ropa harapienta, que gritaba que no le dispararan.
― No me maten por el amor de Dios ―, gritaba con angustia. Seis agentes lo apuntaban con sus fusiles.
Dijo su nombre, y les explicó que estaba secuestrado, y que sus familiares estaban negociando su rescate. La Policía verificó sus datos y minutos después un oficial dijo que no mentía, y ordenó que le protegieran. Lo trasladaron a un auto patrulla para evacuarlo de la zona y alejarlo de los reporteros.
Varios agentes se acercaron al sitio. Pegados a las paredes de las casas contiguas, empuñaban sus armas. Los vecinos empezaron a salir de sus residencias, con los rostros descompuestos.
Cuando todo parecía calmarse, se escuchó otra descarga de fusil y un gran estruendo. ― Ya nos mataron ― fue lo primero que pensé. El pánico se apoderó de todos. Agentes vestidos de civil, y otros uniformados, buscaron refugio y dispararon a todo lo que se movía dentro de la casa.
Recuerdo que estaba junto a un vehículo con diez agentes a mi lado, que mantenían sus armas en la mano. Cuando tuve conciencia de lo que pasaba, me vi tirado en el suelo, casi debajo del automóvil. Un Policía le dijo a otro: ― Esos disparan con fusil, y esas balas atraviesan cualquier cosa. Así que este carrito tampoco nos va a librar mucho ―.
Levanté la vista, y observé que un agente del Servicio de Investigación Criminal (Sic) sostenía en su mano izquierda una subametralladora Uzi, y con su otro brazo protegía a una señora que llevaba en brazos a una niña de unos dos años. Ella gritaba que abrieran la puerta de una de las viviendas para refugiarse, pero el agente la llevo hacia otro sitio, para resguardarla. Los fotógrafos desafiaron el peligro,levantaron sus cámaras para grabar aquel momento de pánico y confusión.
Finalmente un comisario gritó que detuvieran el fuego, que nadie disparara, que todo estaba controlado.
Nos enteramos que Iboy, Lico habían accionado la granada junto al carro blindado del entonces director de la Policía, Ángel Conte Cojulún.
A las 17 horas todo había vuelto a la calma. Me acerqué más a la casa de donde se produjo el enfrentamiento. Del inmueble emanaba un irritante olor a gas lacrimógeno. Había pedazos de vidrios de las ventanas, estaban dos autos el garaje y en el segundo nivel tenían reducidos a tres hombres, quienes cuidaban al secuestrado.
Conte Cojulún dijo que en la casa había un arsenal, granadas de fragmentación, dinero y documentos que revelaban la identidad de los miembros de la banda.
La casa de enfrente, de donde se produjo la balacera, tenía la pared perforada. Le pregunté al dueño ― un hombre de 1.65, obeso, de unos 55 años ― que habían hecho para protegerse.
― Nos metimos hasta los últimos cuartos. Estuvimos debajo de las camas con mis hijos y mis nietos. Los muebles están perforados y las paredes fueron alcanzadas por los balazos—, dijo.
Los delincuentes que escaparon aquella tarde se convirtieron en noticia. Los robos a bancos continuaron, los atracos a camiones blindados se convirtieron en la comidilla periodística. En otro episodio les contaré la historia de esta banda, sus cerca de 200 atracos bancarios y los detalles de su asesinato el 14 de agosto de 2001, en una operación en la que participó el servicio de inteligencia militar, según cuentan ex comisarios.

jueves, 9 de octubre de 2008

El Plan Gavilán


Un recipiente de peltre hervía con café sobre la fogata. Julián Morales Blanco, quien se había fugado ― el 22 de octubre de 2005― de la cárcel de Alta Seguridad, conocida como el Infiernito, ubicada en Escuintla; sólo alcanzó a decirle a su compañero de fuga José María Maldonado que algo se movía entre la maleza. El frío de diciembre calaba los huesos, pero la luz del amanecer todavía no se divisaba.
Cuando intentaron reaccionar, los certeros disparos en la cabeza acabaron con sus vidas. Estaban en una cueva en un olvidado caserío de la aldea El Cuje, en Santa María Ixhuatán, Santa Rosa. Los potentes fusiles AK-47 apenas se enfriaban, y la pólvora se esparcía con el viento cuando el oficial al mando le informó a su superior, el venezolano Víctor Rivera (ultimado a balazos en Vista Hermosa el 7 de abril de 2008), que la misión había sido un éxito.
En ese momento se empezó a divulgar la noticia. La información era que dos prófugos se habían enfrentado con agentes del comando de búsqueda de la Policía, que los habían rastreado en un caserío, como parte de las operaciones del Plan Gavilán.
Era miércoles uno de diciembre de 2005; la información se desplazó como la luz y las llamadas a los celulares de varios reporteros no se hizo esperar. Los que recibimos la alerta, empezamos por confirmar la información, luego la ubicación del lugar, y en mi caso al tener la certeza del sitio, esperar la autorización del editor para desplazarnos con el fotógrafo, y, por último, iniciar el viaje.
Para mi esta historia comenzó al sonar mi teléfono. Desperté y miré hacia la ventana de mi dormitorio. Estaba oscuro, pero caminé hacia al aparato, y con voz apagada contesté. Un jefe de la Policía me dijo lo ocurrido. No era necesario que le preguntara quien era, el trato era que sólo tenía que poner atención de lo que me decía.
― Está bien, gracias. Enterado― dije
A reflexionar iba cuando sonó otra vez el teléfono. Esta vez era Ángel Sas, reportero de Diario El Periódico.
― ¿Qué pasó Sasito? ―, le pregunté.
Me explicó lo mismo, pero me dijo que el suceso era en Pasaco, Jutiapa.
― Ellos los traen a la capital ―, me dijo.
Hice otras llamadas para confirmar. Me enteré de que los prófugos estaban muertos, lo cual hacía más importante la noticia. Pregunté a un comisario del comando de búsqueda donde había ocurrió, y me respondió que él estaba en el lugar, que había participado en la acción, por lo que no dudo en darme las indicaciones de cómo llegar.
Entonces llame a la que en ese entonces era mi editora, Oneida Najarro.
― Aló ―, me contestó.
―Hola One ―. Hay dos prófugos baleados en la aldea El Cuje, en Santa María Ixhuatán.
Me respondió que lo cubriéramos. Entonces me comuniqué con Emerson Diaz, el fotógrafo con quien habíamos hecho varias coberturas de sucesos por más de dos años. Acordamos reunirnos en el edificio de la Prensa Libre para iniciar el viaje. Abordamos un sedán verde asignado para cubrir la nota roja y nos encaminamos a gran velocidad hacia el lugar. En el camino compramos comida y la ingerimos mientras conducía.
Al llegar a Santa María, preguntamos por la aldea El Cuje. Nos indicaron por donde teníamos que seguir, pero nos recomendaron que al llegar a dicho lugar preguntáramos por el riachuelo Los Amates, pues este era donde estaban los cuerpos. La noticia había corrido hasta el área urbana con bastante exactitud.
En el Cuje un grupo de obreros nos mostró el cruce para continuar hacia Los Amates, y un campesino con sombrero y machete en el cinto nos pidió jalón.
― Si me llevan, les puedo indicar donde queda el lugar que preguntan―.
El sol brillaba y el vaho se hacía sentir a pesar del aire acondicionado del carro.
El campesino abordó el carro, y nos metimos en una carretera que con el rodaje de los neumáticos las piedras se estrellaban en la carrocería.
Con el típico hablado de oriente de nuestro pasajero, dijo que el caserío estaba bien lejos. Después de pasar varios lugares, me pidió que me detuviera frente a un enorme árbol.
― Sigan el camino, ese los llevará al caserío El Zope. Allí pregunten donde queda Los Amates ― señaló tomando su machete.
Seguimos la ruta hasta encontrar El Zope. Un mujer salió de una vivienda, y le pregunté por Los Amates. Dijo tomáramos el siguiente cruce, aunque nos advirtió que el carro no subiría, pues era demasiado empedrado. Además nos auguró una larga caminada. Tuvimos que vivirlo en carne propia para creerle.
Mientras dejaba el carro a un lado de la carretera, nos encontró el corresponsal Oswaldo Cardona, a bordo de un picop alquilado que nos llevó hasta el lugar donde estaba el camino hacia Los Amates. Como sabía que el carro se iba a quedar solo en la carretera, saqué la computadora portátil para llevármela y así evitar un robo.
Llegamos a donde había unos cuantos ranchos. Un hombre se nos acercó para indicarnos el camino, pero nos advirtió que estaba lejos a donde queríamos llegar, que se tenía que caminar demasiado y el sol estaba de muerte.
― Son por lo menos dos horas a pie de ida—dijo.

La Aventura

Decidimos avanzar. El hombre nos acompañó, a pesar de que sabía a lo que se metía, pero podía más la curiosidad que la razón. Empezamos a descender por una tortuosa vereda empedrada, que más parecía el lecho de un río. Atravesamos un cerro que nos llevó a un polvoriento camino que bordeaba un segundo cerro, el cual nos llevó hacia la orilla de un riachuelo y al caserío Los Amates. Para entonces habían pasado una hora con cuarenta y cinco minutos.
Las piernas me temblaban, mi respiración era profunda, y el sol era implacable. Sentía como el sudor me recorría la espalda y me humedecía la camisa.
Al desconocido (nunca le pregunté su nombre), cada vez que le preguntaba si estábamos cerca, respondía que faltaba media hora.
En el trayecto encontré a Carlos Andrino, alias Calucho, reportero del telenoticiero Notisiete, y Chentío, su camarógrafo. Seguimos el camino.
Aún no recuerdo cuanto tiempo transcurrió para que viéramos los primeros signos de vida, pero encontramos una casita de block (que no sé como le hicieron para llevar tanto material con tan difícil acceso) donde el chorro estaba abierto y el agua llenaba una pila.
Le dueña del inmueble nos permitió beber agua. Tomé una enorme palangana llena de agua, y tomé desesperadamente. Una vez recuperada la necesidad, me moje la cabeza, me lavé la cara cuantas veces pude y volví a tomar agua.
Una vez hidratados, les preguntamos cual era el camino que nos llevaba hacia donde estaban cadáveres. Salió del inmueble el esposo, nos saludó, y se unió a su cónyuge para señalarnos el potrero. A un lado estaba el camino que guiaba a un sendero.
―No hemos ido a ver, pero es como a diez minutos de aquí—.
Era otra vereda empedrada, pero más corta.

El refugio
Después de caminar varios minutos encontramos el refugio de los prófugos. Estaban tirados varios sobres de sopas, consomés y residuos de carne de gallina. El suelo ensangrentado daba testimonio de lo ocurrido. Los agentes del comando trasladaron los cuerpos hacia un terreno, en el cual aterrizó un helicóptero que trasladó los cadáveres a la morgue de Cuilapa, Santa Rosa.
Tomamos datos y observamos la escena del crimen y no dudamos que no hubo tal enfrentamiento. A pesar de que la Policía dijo que había incautado un revólver calibre .38.
Unos pobladores nos contarnos como había sido todo, cuanto tiempo llevaban los dos extraños ocultos en aquella cueva, y explicaron que un grupo de hombres armados, vestidos de negro, los habían matado en la madrugada.
Una vez terminado el trabajo de recolectar la información, nos dirigimos a donde estaba un humilde rancho, en el cual había aterrizado el aparato. El camino era igual de escabroso, e inclusive había que brincar enormes rocas. Esperábamos encontrar a Rivera para solicitarle que nos sacaran en el helicóptero, hasta la aldea donde habíamos emprendido el camino. Pero ya se había ido en la aeronave que se llevó los cadáveres.
Sólo encontramos a un policía con uniforme camuflado, que no descuidaba su fusil AK-47. Estaba recostado en una hamaca, esperando que regresaran a traerlo. Nos dijo que si teníamos que volver a pie, lo hiciéramos despacio, porque el sol estaba ardiente. Nos quedamos callados, pues esperábamos hablar con el piloto para que nos sacara de allí. Mientras llegaba, aprovechamos para bromear un poco con los compañeros, hablar sobre lo sucedido y a pensar lo difícil que sería volver a pie. Incluso, nos tomamos una foto del recuerdo.
El Policía nos sugirió que tomáramos un baño en el río.
―Eso los va a relajar para caminar ―.
Junto al ranchito estaba un improvisado comal, donde se calentaban unas cuantas tortillas, que hasta aquí ignoro si sus dueños pretendían comerlas tostadas o esperaban que se quemaran para hacer café. Supongo que el dueño, un anciano de unos 65 años, escuchó que iniciaríamos el largo viaje, por lo que sacó un su pequeño tambo plástico amarillo que contenía Cuxa. Dijo que tomáramos un trago, para tener energía para caminar.
Nos dio risa, pero unos tomaron para probar su sabor, por curiosidad, y otros para atender la sugerencia del productor del fermentado líquido.
Tras repartirse un poco de cuxita, los que quisieron, por supuesto, tomamos un baño. El agua estaba buenísima, calmó mis nervios un rato, y nos olvidamos de lo que nos esperaba.
Los otros compañeros, Deccio Serrano, Domingo Tercero y Armando Solórzano, de otros medios de comunicación, no esperaron más el helicóptero y emprendieron el camino. La verdad, hicieron lo correcto, aunque no lo que deseaban.

¿Golpe de suerte?
Confiamos en nuestra suerte. Nos vestíamos después del baño cuando escuchamos el motor de la aeronave. Todavía sin abotonarme la camisa, corrí hacia donde aterrizó y una enorme nube de polvo lo cubrió unos segundos. Observé como se acomodaba, con la ilusión que nos sacaría de aquel lugar.
El piloto se negó, dijo que tenía órdenes de recoger al agente y regresar a la capital. Ofreció llevarse a un reportero. Le dije a Emerson que subiera, pues yo tenía que regresar por el carro. Además él llevaba las fotos.
Con los de Notisiete, y el corresponsal (Cardona) empezamos lo inevitable; la caminata. Antes de emprender el trayecto, tomamos agua de un chorro en la escuela del caserío. En el patio del centro educativo había un montón de envoltorios de boquitas de todo tipo, pero ninguna tienda a la vista, y las ansias de un agua gaseosa se hacían más fuertes.
El corresponsal llenó una pachita con agua, cuyo líquido se extinguió en los primeros minutos de caminata. Por mi parte caminé hacia la casita donde tomamos agua cuando llegamos, para preguntarle a la dueña si tenía algo para comer.
Se quedó pensativa un instante y se metió a la casa. Cuando salió traía unas mandarinas y cuatro naranjas.
―¿Qué le debo?—.
―No es nada―.
Llevaba en la mano las frutas cuando encontré a Calucho, que empezaba a padecer con sus zapatos que se rompieron por la caminada. Se había puesto unos bejucos alrededor del zapato, pero no soportaron. Luego Cardona hizo una especie de correas de un abrigo de los reos que estaba tirado en el camino, pero tampoco funcionó. Las ampollas en sus pies no se hicieron esperar.
Le di una mandarina a cada uno y repartí una naranja entre los tres. Antes de que me vieran me había comido unas tres mandarinas, y aunque por un momento reconozco que me sentí culpable, me venció el instinto de conservación.
Empezó la travesía. Eran las 13.50 horas. El sol estaba en su más grande esplendor. Hasta parecía jactarse de nuestra desgracia. El corazón empezó a latirme, pero recordé que no debía entrar en pánico, ni en desesperación.
―Lo tomaré con calma, aunque me lleve 12 horas llegar arriba―, me dije. Si la situación se pone fea, donde encuentre señal de celular pido auxilio, pero por el momento no me dejaré vencer, pensé.
Cuando se agotaron las fuerzas tomamos un primer descanso. Dijimos cinco minutos, pero se transformaron en diez. Calucho se había quedado rezagado, con la agonía de sus zapatos. Caminamos otro poco, per según Cardona fueron tres minutos nada más. Reposamos en una pequeña sombra. No me senté, porque cada vez que lo hacía se me dificultaba tomar ritmo. Además, la computadora me hacía más difícil la situación.
A los 15 minutos reanudamos la caminata. Subir el primer cerro resultó lo más difícil, un tormento. Se mostraba ante nosotros como todo un señor, imponente. Nos llevó dos horas y media atravesarlo.
La sed nos debilitaba, los compañeros Notisiete empezaron a manifestar su pánico. El Chentío dijo con angustia. ¿Será que voy a salir vivo de aquí?.
―Me quedé dormido unos diez minutos y empecé a soñar babosadas, pero cuando desperté me vi en el mismo lugar― dijo Calucho.
―Quisiera haber pasado esta prueba cuando tenía 20 años, cuando saqué mi curso de Kaibil, dijo el corresponsal― mientras acariciaba su tatuaje en el brazo derecho.
Saqué valor para decirles que nadie se moriría, que tendríamos el coraje de llegar hasta arriba, que al siguiente día nos reiríamos al recordar todo como una anécdota, como parte de las tareas difíciles de un periodista. Me sirvió para reducir el pánico, pero también para no darnos por vencidos.
Caminamos según nuestras fuerzas. Para calmar la ansiedad, pensábamos que debíamos estar a corta distancia de un cerco, pues después de allí el terreno era más plano, lleno de vegetación, más fresco para caminar. Pero a cada trecho que avanzábamos y no veíamos la cima, nos desconcertaba, nos desilusionaba.
Una señora de unos 45 años, que se cubría con una sombrilla, acompañada de dos niños, apareció cuando habíamos tomado uno de tantos descansos. Un menor era de diez años, y el otro, según creo, de 11. Ambos calzaban botas de hule. La mujer llevaba puesto un vestido rosado pálido.
―¿Señores, como están?—
―¿Tiene agua doñita?― dijo Cardona.
―Llevo cafecito, porque el agua me hace mal, me hace vomitar―.
―¿Cuánto cree que nos falta?—, preguntó Cardona.
―¿Qué hora es?— cuestionó ella.
―Faltan diez minutos para las cuatro― respondió Cardona.
―Como a las cinco y media van a llegar al Zope. Uno se tantea, pero más o menos a esa hora creo―
―¿A dónde va?—intervino Calucho.
―A donde el doctor, porque vine a ver a una mi hija, pero me caí y me duele mucho la canilla. Ya me preocupé―
―Deplano tiene aire, pero está bien que la vea el doctor― dijo Cardona.
Nos vio por unos segundos en silencio (saber que pasó por su mente o que cara nos vio) y dijo: Bueno señores, hay nos vemos. Siguió avanzando a pesar del dolor en la pierna.
Los niños que habían estado callados se despidieron también, y a los cinco minutos que se alejaron volvimos a caminar. Nunca los volvimos ver.
Solórzano, que nos había sacado 25 minutos de ventaja, me contó después que a ellos los alcanzó y siguió su camino.
Cuando tuve señal en el celular, hablé con Juan Carlos Ramírez, en aquel entonces era reportero de la radio Emisoras Unidas.
―Mano; si desea ayudarnos, puede venir a encontrarnos, pero traiga agua. Eso nos ayudaría un montón—.
―No le prometo mucho, se acaban de ir los que tenían caballos. No se desespere, hay le cuento―.
En el trayecto me volvió a llamar, y con desconsuelo me dijo que se había encontrado a los primeros tres compañeros (Deccio, Armando y Mingo) que se habían acabado el agua que nos llevaba.
―Me quedé a esperarlos, mano― dijo.
Caminamos varios minutos hasta que al fin encontramos el fatídico cerco. Luego otro llegamos a cerco, que nos hizo recobrar el entusiasmo, aunque no nos redujo el cansancio.
Volvió a sonar el celular. Al contestar Juanca me dijo que había escuchado el rington del teléfono, lo que significaba que estábamos cerca de donde se encontraba.
―Están cerca maestro—, dijo con vos entusiasta.
Lo encontramos minutos después de caminar, fue una alegría verlo.
―Es usted el mejor amigo―, le dije.
Ayudó a Chentío con su cámara. Intentó tomar la computadora pero me negué, le dije que se agotaría innecesariamente. Le recomendé que guardara sus energías.
Emprendimos todos juntos el camino, ya más animados. La vegetación nos cubría del inclemente sol, y eso nos devolvió un poco de energía.
Cuando llegamos a la aldea faltaban cinco minutos para las seis de la tarde. Media hora más de la pronosticada por la desconocida. Los pobladores nos miraron en silencio.
―Hay una tiendecita, muchá― dijo Juanca.
―¿Tiene jugos o aguas frías?—. Fue lo primero que pregunté..
―Las aguas están al tiempo, los jugos si están fríos― dijo una señora.
Me tomé dos jugos y sentí como recobraba la tranquilidad. Mis compañeros pidieron aguas gaseosas y empezaron a tomárselas sin agarrar aire.
Al llegar al carro, sentí la gloria. Llamé al diario y le pasé los datos a una compañera que redactó la nota.
Cuanto corté la comunicación, observé que Calucho intentó encender el picop que llevaba, pero había dejado las luces encendidas y dejó sin carga la batería. Empujamos el vehículo y en cuanto encendió salimos de ese lugar entre nubes de polvo. La pesadilla había terminado.